Saludos, estimados lectores. Mi nombre es Martín Cid y soy escritor (sí, como bien se supondrán, nada que ver con el arte plástico). Pero también he hecho otras cosas: he presentado exposiciones, he prestado mis palabras para algún catálogo y durante dos años dirigí una revista de arte y literatura. Era una revista bilingüe y por ello tuvimos contacto con artistas no sólo españoles ni europeos, sino de todas partes del mundo.
Ahora que he abandonado la función de dirección, me gustaría compartir con todos ustedes mis impresiones sobre algunos aspectos de este período. He hablado con pintores españoles e irlandeses, argentinos y chilenos y norteamericanos también… mi muy mejor amigo (que diría Forrest Gump) se dedica a tiempo completo a la pintura y mi jefa es profesora de arte… Sí, estoy rodeado por pintores y artistas plásticos y el leitmotiv es común al de mi profesión: es imposible dedicarse a tiempo completo a cualquier faceta artística sin tener un trabajo remunerado por otro lado.
Hace años, sin conocer la situación extranjera, me atrevía a anticipar que la situación es bien diferente en otros países, pero lo es y no lo es. En un lugar como Irlanda existen muchas más galerías e incluso los espacios públicos como la ópera realizan exposiciones periódicas para promocionar a jóvenes autores (David McDowell, también un buen amigo, ha sido uno de los elegidos). En Sudamérica la atención pública para las exposiciones de autores no consagrados es sin duda mucho más elevada que en España, pero no se puede considerar la situación española como excepcional sino complementaria con el resto del mundo (quizá podríamos establecer una única salvedad en los EE.UU.).
Mujeres y hombres con un talento excepcional han pasado ante mis ojos. Unos más y otros menos, han intentado por todos los medios sobrevivir de la pintura. Retratos y alguna exposición alterna con esa sensación de vacío que produce el encuentro con cualquier galerista, el abismo abierto en todo concurso de pintura, las conversaciones con jurados de concursos: oscuridad en un abismo de color e imaginación que se escapa entre los entresijos de un sistema que parece haber cerrado los ojos a lo novedoso.
Es este último tema, aún más peliagudo si cabe, las leyes del comercio imponen su férrea normativa y convierten lo novedoso en una irónica sonrisa de complacencia.
-Dame un buen bodegón, que eso vende –dijo alguien ante la mirada cansada del pintor en ciernes.
Y conozco a otros, al escultor Víctor Ochoa también. Él vive de esto y ha expuesto en el Retiro y vende sus obras y es un hombre respetado que trata con intelectuales de la talla de Vargas Llosa (y con otros, mis saludos). Sí, una escultura que sin duda merece el reconocimiento… pero no hablaremos de éstos, porque hoy hablamos de los olvidados y de las exposiciones que con gran esfuerzo se logran en Turín, quizá también en París. Los críticos sonríen y alguno nos dirá:
-Deberías haberte gastado el dinero en una buena crítica.
¿Acaso es posible eso? Son las leyes del mercado y como país post-capitalista que somos a ellas nos tendremos que plegar y a ellas deberemos nuestros éxitos y nuestros fracasos… también sucede lo mismo en el terreno literario, también en los negocios y el comercio y, dicen, en el mismo firmamento.
Son tiempos extraños en los que no hay tiempo para la imaginación ni la creatividad, sólo en un mundo cerrado en sí mismo bajo esa espiral del silencio que supone la espiral del mercado.
¿Culpables? Todos y ninguno, ninguno que tire la primera piedra y todos que escondemos la mano.
He visto talento en cada joven pincelada y he visto decepción en cada pincelada experimentada y he mirado en cada trazo al joven artista que piensa ya en buscar otro oficio… al principio como una sencilla manera para pagar los gastos, un poco más altos cada día, cada día un poco menos de pincel y un poco menos artista y un poco más decepcionado.
Cada día un poco menos hombre.
Pero aún quedan publicaciones como ésta (me refiero, claro está, a Arte y Mercado), también como la mía, animando a los artistas a crear y a pensar que, más allá de los números y los gastos, existe un mundo en el que aún se puede imaginar una obra, tal vez crearla.
Quizás algún día, también venderla.
Y, quién sabe, poder vivir.